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April 04
De oficio.
Apuntes previos: un blues en dueto de saxo y bajo, una partida de cartas, un sesgo de cólera y paso de mano con pareja de ases.
• Esta tarde la ciudad se quedará un poco más sola, y yo con ella, mientras legiones en desbandada se van coagulando a lo largo de las venas de asfalto del país. Trombosis excéntrica en pos de las orillas. Y ahora que las calles y yo podremos vernos las caras sin maquillaje, sin el tumulto, a las bibliotecas y las casas encendidas no se les ocurre otra cosa que cerrar. De modo que, salvo imprevistos, el albatros hará vacaciones forzadas y mantendrá el pico sellado (a lo mejor por eso hoy deja ración doble). Aprovecharé para quedar con un par de amigos, de los viejos y de los nuevos, pero todos de esa estirpe de camaradas indispensables que se quedan a tocar con la banda mientras el Titanic hace aguas. Adelantaré trabajo, seguiré buscándole una carga de profundidad a los tres cuentos que voy armando al tiempo (Bolaño tenía razón). Leeré mucho. Quizá me masturbe, hace tiempo que ya no me divierte, hace mucho que ya sólo me excitan alucinaciones lamentables de amor y entrega, en fin, milagrerías tan improbables como la causalidad, la magia y otras chiquilladas. He vuelto a ser, justo ahora que la edad demanda cinismo, un estúpido adolescente que delira con el advenimiento de alguna musa a la altura de sus atroces pasiones, a salvo del tedio general. Tal vez uno de estos días madrugue para evitar procesiones y otras inercias, y me deslice por las aceras, brillantes y agotadas por el sudor de la lluvia, como quien hurga entre las sábanas para saborear la espalda de una prostituta dormida, cuando sus párpados guardan el secreto de su verdadero nombre y por la candidez despreocupada de sus labios vuelve a respirar una mujer. Así, más o menos, pasaré mi santa semana: tirando folios a la papelera, tirándome de cabeza a una alberca de papeles, o besando la nuca desprevenida de Madrid, la más amable de las putas.
• Antes de cumplir con lo pendiente, ese correo del que hablaba el otro día, un guiño para algunos amigos de esta bitácora: un meme literario. Este es arbitrario e inasible a más no poder, pero no me paro a pensarlo demasiado, simplemente me hace gracia y acepto el testigo. Me lo hace llegar el Sr.Curri, desde su exilio voluntario en las galias. Tal como se lo han transmitido, se supone que hay que abrir el libro que estemos leyendo por la página 139 y transcribir en nuestra bitácora las cinco primeras líneas del segundo párrafo. Luego hay que invitar a tres "blogueros" más a continuar el juego, que a su vez invitarán a otros tres... hasta que llenemos la "blogosfera" de retales que, en el mejor de los casos, quiero pensar, llevarán a algún lector a decidirse por una nueva lectura (desengañémonos, eso es lo más útil que podemos hacer con nuestras iniciativas, contagiarle algún buen libro a otros). ¿Por qué la 139 y no otra? ¿Por qué el segundo párrafo? Misterios, pero cuando te decides a jugar no te preguntas tanto por las reglas. A propósito, o sin venir a cuento, me da igual, pero me hastía esta proliferación interminable de críticos de pacotilla, en los medios, en los suplementos, en las bitácoras, tanto da. Detesto a los cascarrabias que hacen leña de cualquier astilla, a toda esa panda de usureros con gorro de astracán o toga de chupatintas, que sancionan esto y aquello pero nunca se deciden a aportar nada de cosecha propia. Y lo que es peor, cuando asoman tímidamente la patita, espoleados por algunos colegas, achispados por la ebriedad que da esa poltrona que algún tendero haya considerado otorgarles, es para mancharnos la vista con una escritura tosca, ramplona y gratuita, que no deja tras de sí más que el rastro embarrado de una pezuña amaestrada. Puedes encontrarte a individuos de esa calaña en cualquier ámbito, en las aulas, las fábricas, los comercios, en cualquier oficina, siempre hay algún miserable dispuesto a fastidiarnos el día y hostigarnos las costillas con los codazos de su pedante gravedad, pero, ay, camaradas, qué insufrible es la plaga de sapos avaros en este mundillo de las letras. Hoy en día SÍ hay libros y bitácoras que valen la pena, SÍ hay iniciativas desinteresadas y fecundas, personas que, con mayor o menor acierto, pero con toda la honestidad, se exponen, arriesgan, apuestan... pero esta otra gente se ha caído de la higuera y el golpe en la cabeza les ha hecho creerse sabios, cuando su único mérito, tal vez, es haber hincado los codos y papado tantos higos como les diera abasto el buche, lo que no significa en absoluto haber sabido apreciar el jugo de la vida en cada fruto. En fin, esas malas hierbas (bien sabéis que la higuera es un árbol parásito que asfixia al huésped) son para otro día, cuando venga a desbrozar nuestro jardín. Ahora sigamos con la partida. Espero que se animen y no robarle demasiado tiempo a los anfitriones de las tres bitácoras a las que (I'm sorry, my friends) cedo el testigo de este divertimento: Callecitas estrechas, El blog de Enrique Ortiz y Frag-mentos. Como es mi costumbre, estoy leyendo dos libros al alimón, así que me tomo la libertad de hacer dos transcripciones. En el primer caso, el segundo párrafo no aparece hasta la página siguiente, no sé si eso será fuera de juego, pero como los jueces de línea, interpretaremos la jugada:
"De pequeño, cuando me preguntaban: "Y tú, guapo, ¿qué quieres ser cuando seas mayor?", contestaba: "Depravado". Y he dedicado todos los esfuerzos de mi vida a intentar conseguirlo. A mi generación (más bien tendríamos que llamarla degeneración: hemos sido una generación afortunadamente degenerada) le..."
Ochenta y seis cuentos, Quim Monzó.
"-No, muchas gracias. Para mí una mujer es sólo un mamífero inofensivo, o un camarada de diversión..., a veces. Albinus soltó una carcajada. -Bueno... pues ya que es usted tan franco al respecto, permítame que a mi vez le confiese algo. Esa actriz, Karenina..."
Risa en la oscuridad, Vladimir Nabokov.
Se diría que uno y otro se confabularon para recordarme el cinismo en el que deberían estar instaladas mis expectativas, o la ausencia de las mismas, pero la obstinación es uno de mis peores defectos. Prefiero la sed y la espera a hundir la cabeza en el agua estancada del conformismo. Así me va.
• Y ahora, por fin, lo prometido, lo que debería haber sido esta entrada:
De oficio.
"Una mujer es más bella que el mundo en que vivo". Paul Éluard.
Deberían existir las musas de oficio, para la defensa de cualquier acusado de lirismo y otras perversiones que se declare insolvente. Debería uno poder enfrentarse a la noche sabiendo que en alguna parte, provista de material poético y ataviada con la preceptiva bata blanca para la intervención erótica, una musa de guardia vela las veinticinco horas del día. Remito a la entrada anterior para que todo esto resulte mínimamente inteligible. Pero digamos de nuevo que estoy escribiendo muchas cosas a la vez, y que de repente me acordé de este correo electrónico, mientras preparaba un par de textos para retomar la sección Musas y trataba de responder a la pregunta de un amigo sobre el tema. El apartado de Maestros lo tengo muy abandonado, tal vez por estar leyendo a gente nueva, buscando, indagando, sondeando el presente. Como es de recibo, respetaré la privacidad de la remitente (espero que no le importe que haya utilizado su breve mensaje para dar sentido a mi desvarío). De nuevo he decidido dejarlo todo como estaba, con sus erratas, que tienen su gracia, ya que donde dice "semejan hacer", por ejemplo, quise escribir "se dejan hacer", pero, por una vez, el corrector del Word o el lapsus mejoraron la cosa.
Pasadlo bien. A la vuelta os quiero a todos en perfecto estado de revista.
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Fecha: De: Asunto: Para:
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Mon, 26 Feb 2007 16:22:17 +01 00 (CET) "Sergi Bellver" alasdealbatros@yahoo.es RE: Musa *****@hotmail.com |
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>Subject: Musa
>Date: Thu, 22 Feb 2007 11:22:17 +0100 (CET)
>
>Yo puedo ser tu musa venezolana, hace días leí
>que había quien pagaba por una novia virtual, pues,
>fíjate, no había pensado que también había nicho
>para musas virtuales...
>Vivo en Madrid donde ser musa resulta demodé, pero
>de vez en cuando entro en personake y lo sigo
>disfrutando como cuando el sol del caribe me
>quemaba los hombros.
>También estoy muy lejos del mar, por ahora,
>un abrazo, *****
>______________________________________________
>LLama Gratis a cualquier PC del Mundo.
Difícil tarea...
Ante todo, *****, agradecerte el impulso. Que haya gente capaz aún de ser fiel a su primer arranque y no lo ahogue en dudas, me reconforta. De vez en cuando sucede, y te encuentras con las mayores sorpresas en la bandeja de entrada, y de repente, por ejemplo, te escriben de parte de un señor mayor que quiere regalarte un ordenador porque sabe que te hace falta y no tienes recursos, y se ha enterado de que proyectas una novela y le gusta cómo escribes... sí, a veces (de esto ya hace un tiempo) la vida te zarandea y te dice que todo es posible. Así que gracias por la frescura de tu mensaje.
Pero lo de ser musa no es cualquier cosa, he de ser sincero contigo. Para empezar, no es nada frecuente decidirlo, quiero decir, que una musa no hace oposiciones, simplemente llega un bardo chiflado y la elige, y ni siquiera esto es del todo cierto, porque la elección es aparente. Digamos que todo sucede sin intervención de la voluntad. Las musas caminan por las aceras, suspiran cansancio en los vagones, sujetan la puerta del ascensor con el culo mientras desalojan las bolsas de la compra, o flotan entre los árboles del parque. Sin más. A menudo sin saber que lo son. Y de pronto se cruzan en el camino de un artista y el accidente es ya inevitable. Eso sí, hay musas que colaboran, que cobran conciencia de su condición, y escuchan, y semejan hacer. Y otras, a menudo, ignoran la llamarada y se la quitan de encima con cualquier gesto huraño. Es un misterio.
Yo nunca he elegido una musa, sólo me las he encontrado por el camino, y casi siempre de la manera más insospechada. A veces se produjo el entendimiento, hablamos el mismo idioma, y pude volcar mi inspiración ante sus pies. Otras muchas llovió sobre la piedra estéril de su indiferencia. Así son las cosas.
Dicho todo esto, con el ánimo de ser honesto contigo, agradezco tu sensibilidad por pensar siquiera que mis letras merecen la atención. En cuanto a la posibilidad que sugieres, te diré que una vez, hace cuatro años, encontré una musa de Puerto Ordaz, en tu país. Fue un fogonazo del que aún duran los destellos, aunque con el tiempo se haya convertido en una amistad leal, en una presencia constante en el afecto. Lo inaudito. Empieza uno por el tejado y acaba obviando esa fantasía para disfrutar de algo más real y humano, más necesario para el hombre mortal: una amiga.
Pero la pequeña chispa de lo inmortal que aún nos habita, y que supongo que en los artistas (¿lo soy? aún no estoy seguro) es una pavesa que jamás toca el suelo, que siempre gira y gira en el aire para que la persigas, sigue pidiendo el alimento no terrenal de una musa. Por eso contesto así, encendido y reflexivo a la vez, porque una musa, definitivamente, es algo bien caro de encontrar, una rareza maravillosa que siempre le da alas al poeta, y campo abierto al deseo. No puedo definir cómo es mi musa ideal, porque todas las que aparecieron (pocas) antes eran en muchas cosas diferentes, y en algunos matices la repetición del mismo deslumbramiento, como olas del mismo mar que aparecen de un color u otro según la luz del día. Sólo sé que no eran comunes, que aunque no fueran perfectas, aunque pasaran desapercibidas en algún momento, no eran en absoluto comunes. Había mucho más que belleza (y la había por doquier, esto es innegociable) en sus formas y sus gestos, en el reflejo de la vida sobre sus dunas, en la llama de lo imperecedero en el fondo de sus ojos. Había, sobre todo, una mirada atenta y una actitud desinteresada, generosa, en su manera de escuchar.
Para la amistad soy un tipo tolerante y sencillo, y todos mis amigos son diversos, opuestos en apariencia a veces, de toda índole y condición, de cualquier tribu, descalzos o distinguidos. Sólo tienen en común la sinceridad, la generosidad, y la inteligencia. A una musa le pido más aún, demasiado tal vez, pero, belleza aparte, también esas tres virtudes. Incluso algún pecado inconfesable que la haga más oscura y peligrosa, si hace falta. Una santa me sirve de bien poco, y además no me la creo. De modo que no es fácil encontrar una musa. Si uno se conformara con cualquiera, no harían falta musas, podría inspirarse en cualquier cosa, en cualquier persona, en tu amigo, en tu vecino, en el gato de la anciana del quinto. Y de hecho, trato de hacerlo, porque no puedo pasarme la vida esperando a mi musa, y la sed me reclama siempre que escriba.
Estar lejos del mar, estimada desconocida, es sin duda un exilio amargo para los que hemos nacido con su sal en las venas.
Un abrazo muy fuerte.
Sergi.
Pd: ¿Querías decir “personaje” o hay algún local en la ciudad que se llama “personake” y yo me lo he perdido...? Por un momento parecía una invitación soslayada a hacerse el encontradizo por cualquier bar... |
April 03
publicado en Alas de Albatros el viernes, 30 de marzo de 2007.
Temo pero debo.
“Nadie puede aconsejarle ni ayudarle, Nadie. Sólo hay un recurso: vuelva sobre sí mismo. Indague cuál es la causa que lo mueve a escribir; examine si ella expande sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiésese a usted mismo si moriría, en el supuesto caso de que le fuera vedado escribir. Ante todo, pregúntese en la más silente hora de la noche: “¿Debo escribir?”. Hurgue dentro de sí en procura de una profunda respuesta y, si esta resulta afirmativa, si puede afrontar tan serio interrogante con un fuerte y simple “debo”, entonces construya su vida según esta necesidad. Su vida, hasta en los más vacíos e insignificantes momentos debe convertirse en señal y testimonio de este impulso.”
Rainer Mª Rilke, Cartas a un joven poeta.
Se habla mucho del miedo del escritor a la página en blanco, al bloqueo. Pero a veces sucede lo contrario, y las hojas se arremolinan en todas las aceras por las que se apresura el escritor desaforado. Y la hojarasca se amontona al pie de las tapias, en las bocas de los desagües, en el primer escalón de todas las puertas. La hiedra zombie trepa por las piernas del escritor desmesurado y dificulta su avance como si fuera el último trozo de carne viva en la ciudad, y una inundación de pasta de papel, verdosa y caníbal, le hubiera atrapado hasta la cintura. Entonces, en vez de golpearse la frente con las manos o gritar auxilio, el escritor desorbitado busca un retal de hoja todavía seca, un pedazo de pared blanca, y entregado al delirio incurable de la escritura febril, deja que la crecida le vapulee el pulso mientras garabatea la última frase, un instante antes de ahogarse. Hay escritores que temen derramarse sobre todas las cosas, diluirse como una llovizna fría por las calles, a los que les angustia no achicar a tiempo todas las vías de agua que amenazan desde el abismo de sus entrañas, y hoja tras hoja, tras hoja, tras hoja, comienza a adueñarse de ellos el indescriptible horror de ver cómo todos los esquemas, todos los árboles, se quedan en blanco, desposeídos, mudos. El miedo atroz a que, de tanto decir, cuando ya no quede nada con vida del presente, vengan los forasteros de mañana a pasear entre las ruinas de una ciudad cementerio, de una arboleda muerta, una catedral de ramas secas que no conserve ni el eco de una voz desolada, ni el canto de los pájaros azules, sobre la que no se pose más que el plumón de sombra de marzo. No alcanzo a ver la suerte ni el privilegio. Vive más feliz el ganado en su abrevadero, que el centauro desquiciado, que se abandona a su naturaleza y galopa por las noches detrás de las tormentas, hasta el fragor de los acantilados. No hay más que sufrimiento en la criatura imposible que subsiste a base de lluvia y mareas. Tener la necesidad de escribir a todas horas, de tramar novelas, de esbozar cuentos, de reprimir poemas, de arrojar cartas, sondas, balizas de palabras, es una condena, que nadie os venda la bohemia, es un estigma, y no sé quién ni cómo, pero en alguna parte debería decirse alguna cosa al respecto. ........De cómo suceden estas destemplanzas: un amigo me pregunta, ya que hablo tan arrobado a veces de ellas, qué es una musa para mí, y yo le respondo atropelladamente, sin aclararme a mí mismo las ideas, con lo que desoriento a mi amigo aún más de lo que estaba. Después recuerdo un correo electrónico que respondí hace poco más de un mes, y que, utilizando las palabras de un tipo más lúcido del que soy este viernes, el inquilino que habitaba hasta hace días mi carcasa, responde bastante mejor a esa pregunta. No la finiquita, claro, hay mil flecos, mil detalles, y sobre todo dos o tres pilares que no ha mencionado, pero me doy cuenta de que ese mismo correo (que iba dirigido a otra persona) le puede servir a mi amigo para hacerse una idea de lo que tengo en mente cuando hablo de musas. Bien, dejo el cuento sobre osos pardos en Montmârtre (o por ahí) que tengo entre manos, dejo ese jodido capítulo, o mejor dicho, escena, de la novela que tanto se me está resistiendo, dejo una reseña que tengo a medias sobre un libro de cuentos, dejo todas las versiones del currículum en las que voy cambiando las mentiras para conseguir un trabajo en esta ciudad, o en mi ciudad natal, o en otra ciudad cualquiera (se aceptan propuestas) en la que volver a nacer a mis años, dejo aquella carta incendiaria para, precisamente, una de esas musas, y decido que no estaría mal, respetando la privacidad de terceros, por supuesto, publicar el correo electrónico en la bitácora, para explicarle vagamente el asunto a unos cuantos amigos además de a mi amigo. Después pienso en un breve (maldito iluso) preámbulo explicativo para que la gente no piense que se le ha colado cualquier cosa rara en la pantalla, o le ha dado sin querer a la tecla del correo-e, pienso también en hablar de las muchas cosas que estoy haciendo a la vez y que por eso, y por “ahorrarme algo de tiempo” (ya lo veo, ya) recurro a unas palabras (una respuesta para uno de esos correos de gente desconocida que de vez en cuando me llegan a la bandeja de entrada, a veces por rubor de comentar al albatros en público, a veces con cualquier pretexto, una duda, un dato) ya pasadas para contar algo y, en cosa de una hora, me sale “eso” que habéis podido leer arriba. Decido no corregirlo, decido incluso dejar frases ya algo sobadas en mí, como esa de las tormentas y los acantilados. Nada que ver, supongo, o todo, yo qué sé. Me hierven las tripas y la mente cabalga el rayo, y lo inaudito es que no estoy pensando en lo que debiera en estos tiempos: que tengo que despabilar en buscarme la vida, porque no tengo donde caerme muerto. En fin, después recuerdo súbitamente un fragmento de esas cartas de Rilke, me cuadra el título, y dejo ese correo electrónico para el próximo día. Necesito un buen maestro que me enseñe a sintetizar, o a priorizar, más bien, supongo... ¡y yo qué sé! ........posdata: Hacedme el favor, si os apasionan los cuentos, de pasaros por aquí, leer las indicaciones y votar. A poco que la literatura os importe, prometo que no saldréis decepcionados. Y echadle un ojo ahí a la derecha, en "Sugerencias", donde la mosca, vaya, a la entrevista de Ángel Zapata a Medardo Fraile. Y decidme si no han pergeñado un microcuento, probablemente sin proponérselo, a propósito de los guisantes. Vaya dos admirables bribonazos. March 25
publicado en Alas de Albatros el miércoles, 21 de marzo de 2007.
Todavía.
“Cuando la idea ha sido transmitida, poco importan las palabras que le han servido de escolta” Zhuangzi
Le ruego al lector amable que no se fije en la palabra. Le pido al lector severo que no se fije en la palabra. Le diría al juez de las palabras que, fíjese, me importa un bledo lo que dicte su señoría, si no se deja los prejuicios en casa. Invito a todo el mundo a que obvie la dotación de la escolta y repare tan sólo en el afán con el que avanza. Bajo mi mando, a menudo las palabras son reclutas, la instrucción poco rigurosa, el arsenal no alcanza y la estrategia yerra, pero estas fuerzas amadas jamás permitirían que cayera la bandera, ni se harían mercenarias, porque creen en la causa, aunque a veces no tengan demasiado claro de qué va, a qué les mueve, cuál es la meta de su empeño, pero creen, desde lo más hondo de sus entrañas, y esa fe les hace avanzar. Ahora no son más que una desbandada de fusileros asustados que gritan en cada escaramuza, para conjurar el miedo. Pero tal vez alguna oscura tarde de sudor y nubarrones, maldiciendo la bazofia del rancho en las trincheras, o quizá perdidos en mitad del campo de batalla, disparando a ciegas a la bruma para alcanzarle a cualquier ruido, de repente, por un súbito resplandor de morteros a lo lejos, y una brecha de metralla en la sien, los reclutas sean por fin soldados, los mozos se hagan hombres, y cobren conciencia de su misión, como si fuera algo antiguo e inaplazable que clamara desde sí mismos, y la cumplan sin heroísmos, sin bravatas, pero con la invencible voluntad del deseo.
.........
De antemano y por si acaso, haya hecho mella en mí a sabiendas o espere latente en cualquier recoveco de mi inconsciente para salir a la luz, abjuro de toda idea que mutile o parcele el mundo, pues no es más que un torpe sucedáneo de la verdad. Todas las ideas que fraccionaron la realidad y restaron al adversario de la ecuación, fueron (y serán siempre) operaciones fallidas. La naturaleza es una eterna suma y media aritmética de sus potencias, y lo más que llega a suprimir es una versión de sí misma por otra nueva, que la afirma, y en la que el agente que prevalece ocupa el mismo nicho vital que el anterior. Lo que se pierde es aire, el estertor de un nombre pronunciado y olvidado en el fragor de la vida, como se disipará el eco de nuestras disputas el día que los insectos reclamen la Tierra. Que el hombre se considere parejo o dueño de esa misma matriz que le contiene, y se crea a salvo de la imparable inercia de las cosas, es sólo una más de sus absurdas tretas, como haberse inventado un Padre, mil veces putativo, mil veces muerto, mil veces vuelto, que le diera permiso para jugar en su patio. No, no puede condenarse una idea por el mal uso que el hombre haya hecho de ella. Un cuchillo afilado no tiene la culpa de ser usado para degollar al prójimo, ni el mérito de rebanar en finas lonchas un asado, pero posee la cualidad para ambas acciones, y sólo la mano del hombre decide, y a veces un cuchillo afilado es lo único que separa la vida de la muerte, si nos hundimos a plomo en el océano, atrapados por la soga del ancla en el tobillo. Hacen falta cuchillos afilados, hay que forjarlos con urgencia, pero imaginando una manera nueva de empuñarlos, para que una idea sin doblez sea la que esgrima el mango, y no la brutalidad de los instintos. En aras de la siempre perversa pureza se han quemado libros, hasta oscurecer el cielo y la razón humana con el combustible de su libertad, talada por miedo leñador. En el prolífico nombre de Dios se ha masacrado a inocentes y se han barrido voces en todas las latitudes. Arrancados de sus madres, se han ensartado bebés en las bayonetas o los sables de turbas que empuñaban un libro rojo o una cruz con la misma ceguera. El Sanedrín de sus abuelos y la Inquisición de sus nietos le hubieran parecido al nazareno la misma letra muerta. El assassin que se inmola y el mártir que aniquila hubieran avergonzado por igual al espíritu pacífico del buen sufí. Creo (quiero creer) que Marx abominaría tanto del gulag como de la idolatría al líder. Por la omnipotencia del nuevo dios, cuyo nombre viene marcado como un triple seis en papel moneda, se manipula, se miente, se bombardea, se invade y, sobre todo, se rentabiliza, lanzando aleluyas a la Santísima Trinidad del Padre Dólar, el Hijo Mercado y el Rédito Santo. “¡Huid! ¡Huid sin demora!”, debiera haberle gritado alguien a todos los inocentes de la Historia que estaban a punto de ser “salvados” por forasteros iluminados. Sí, sí existen ideas perversas desde la raíz, que sólo pueden producir holocausto y miseria moral, como el fascismo y todos sus remedos, enmascarados en la dialéctica del eterno eufemismo, empezando por el ultraliberalismo. Decir que una idea es estéril por el resultado que haya producido en la Historia, es como aseverar que la construcción de un automóvil es imposible, después de haberle dejado las tentativas a un alfarero o a un notario. Pero defender hasta la extenuación la fecundidad de ese mismo fin, delegando sus fallas sólo en el embrutecimiento del hombre, puede ser tan peligroso como justificar cualquiera de los medios que las generaciones futuras maquinen para su consecución. Tal vez las ideas que sucesivamente hemos ido ensayando, heredando, repudiando y rescatando con el tiempo no fueran todas mala cosa en su origen. Pero del mismo modo que sí existieron ideas malignas (las excluyentes) que supieron aprovechar carencias y rencores para imponer su yugo, como hizo el nacionalsocialismo en la deprimida y castigada Alemania posterior a Versalles, debe aguardar en alguna parte, cubierta de polvo y olvido, o tal vez agazapada en la semilla ignorada de un hijo que está por venir, una idea que albergue en su fuero un principio tan benigno y cierto, tan lúcido e incontestable, que la ruindad de los hombres mediocres no sea capaz de adulterarlo. No me importa que no fueran tan pobres ni tan hueras las ideas con las que la humanidad no ha sido capaz de asegurar su dignidad (la dignidad de todos, o nunca será completa la de nadie) hasta hoy, pero no me valen, porque si esa mediocridad de los hombres fue capaz de pervertirlas, es que no eran lo bastante sólidas ni diáfanas, acotadas por la cierta necesidad de su tiempo y su lugar. Las mejores sirvieron para no conformarse con lo recibido, que no es poco, pero aún está por llegar el fogonazo que nos desvele a todos de esta somnolienta conformidad con el devenir de los días. O a lo mejor es que siempre serán más los mediocres que los justos, y cualquier idea, por honda y luminosa que sea, acabará adulterada por la codicia y la burocracia de los que se enquistan con el mismo celo en un sistema que en su contrario, con tal de medrar y tener siempre un vecino al que mirar por encima del hombro. A lo peor resulta que la naturaleza hace cuentas para que la media siga cuadrando, y se está empezando a gestar otro agente que vendrá a sustituirnos en breve, si no sabemos aprovechar nuestro plazo. Quiero creer que, si somos audaces, aún tenemos tiempo, y una penúltima oportunidad, todavía.
March 23
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